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cornucopia

jueves, 16 de octubre de 2014

Cuerno lleno de felicidad y ambrosía en las cercanías del número aleatorio surgido de un bombo, como el crío que da la felicidad a una casa que lo desea, la lotería de Navidad y sus números divinos. Deseo y su cumplimiento, el avatar complejo entre las continuas redes del porvenir. Seres inmersos en un universo en el que allende nuestros campos de actuación y nuestras limitaciones, carece de la total variedad de sentimientos que a nosotros acucian en este pequeño globo. ¿Despiadada naturaleza? en la que todos los seres pensantes la contemplan como un gran enigma, buscando siempre el código adecuado para poder leer su ignota propuesta, para que nos sea favorable su abstracta estimación. Jeroglífico dispuesto por un orden, ente al que muchos llaman Dios, compendio del sistema de las leyes ocultas. ¿Reglas hechas excepciones?, ¿azares aparentes?, ¿orden en el caos?, o el mismo caos como concepto que destruye al hecho, por el excesivo análisis al que una inteligencia incomprendida aboca sus inútiles rogativas, siendo la mayoría de las veces esos conceptos que destruyen al hecho, los que crean otra realidad al empeñarse tanto en observarla. Miradas serenas concretando un acaecer sin el deseo infame del continuo análisis, buscando razón en el azar, dando por resultado más ignorancia.


Culturas milenarias en las que el flujo de la vida se realiza sin más porque así está establecido. Ying, yang, continuos va y vienes de fuerzas opuestas que en su concretación crean una realidad no más que aceptable, dando por sentado que si no es así, no tiene más remedio que así sea. Continuos actos egoístas deseando poseer lo que se cree que a otros por su posesión hace más felices. Es la renuncia del acto lo que conlleva a la marmita de las brujas ser poseída por el que amolda su conducta a una llamada armonía cósmica, la que no ha de ser turbada, la que por ley actúa sin los fantasmas conceptuales que a muchos de nosotros causan terror por querer siempre identificarlos. Premios o castigos, valores privados de cada cual, que al no buscar siempre algo en que compararlos, sin esa inútil comparación, como el ser en una caverna que no ve más de lo que sabe le pertenece, es feliz, porque comprende lo que realmente es suyo, y gracias a esa comprensión, cualquier cosa puede ser el fruto de una cornucopia.

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